Desde el momento en que decidí caminar de la mano con Jesús, mi vida experimentó un cambio profundo. Este camino no se trata de seguir rituales o tradiciones religiosas, sino de cultivar una relación personal y sincera con Él. Cada día, Jesús me muestra el verdadero significado del amor, de una paz que sobrepasa todo entendimiento y de una esperanza que renueva mis fuerzas en cada adversidad. Su presencia constante me ha dado la fortaleza para enfrentar desafíos que antes me habrían paralizado.
Mi relación con Jesús ha trascendido lo que comúnmente se entiende como religión. No se trata de cumplir con normas externas, sino de un vínculo vivo y dinámico que se nutre con cada oración, cada lectura de su palabra, y cada acto de amor hacia los demás. Jesús no es solo una figura distante a quien acudo en tiempos de necesidad, sino un compañero fiel que camina conmigo, orientándome y sosteniéndome en cada paso que doy.
Esta experiencia me ha enseñado que la fe en Dios no se basa en dogmas o en prácticas mecánicas, sino en una comunión constante con Él. Es un diálogo abierto, donde lo más importante es el amor y la confianza que depositamos en su promesa de salvación. Caminar con Jesús significa abrir nuestro corazón y dejar que Él lo transforme día a día, guiándonos hacia una vida llena de propósito, paz y amor.